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Relato de un secuestro de 7 días de los que viven para contarlo “Queremos cuatro millones de pesos”..A nadie, ni a mi peor enemigo, se lo deseo”.

“Tengo aquí, en esta noche de insomnio, el recuerdo como una pesadilla. Son los siete peores días de mi vida, ahora cuando cumplo 47 ...

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“Tengo aquí, en esta noche de insomnio, el recuerdo como una pesadilla. Son los siete peores días de mi vida, ahora cuando cumplo 47 años de edad. Son los días y noches en que estuve secuestrado. Las horas en que me arrastré soñando con la libertad en medio del volcán de madrazos y patadas que me dieron los malandros y quienes se iban turnando, compitiendo entre ellos para ver quién me doblaba hasta el llanto.

Desde un principio me la cantaron. Me pidieron el teléfono de mi padre y le hablaron. 
Luis Velázquez
“Cuidado y avisas a la policía porque matamos a tu hijo” le dijeron, enfrente de mí.
“Queremos cuatro millones de pesos”, le pidieron desde el primer momento.
“Y los traerás tu solito” le advirtieron.
“Y te vamos a seguir desde que salgas de tu casa” le precisaron.
“Y si alguien más te acompaña o la policía te sigue desde lejos, en automático le pegaremos un tiro a tu hijo y tiraremos el cadáver en el camino” le dijeron.
“Todo delante de mí. Yo, escuchando con los ojos vendados y con las manos atadas hacia atrás y con los pies encadenados.
“A nadie, ni a mi peor enemigo, se lo deseo”.

Mi padre se portó muy fuerte. Desde el primer telefonema dijo a los malandros que deseaba hablar conmigo. O de lo contrario, no habría negociación. El viejo se mantuvo. Y hablé con él.

--¿Estás bien?, me preguntó y le contesté con el monosílabo. “Sí” le dije. Y más porque tenía enfrente al jefe de ellos, un tipo a quien alcancé a mirar sus ojos color verde… que daban miedo.

--¿Te han golpeado?, preguntó mi padre con el altavoz y le mentí. “No, papá, no” le dije.
El sicario de los ojos verde mar huracanado, fiera en acecho y a la defensiva, me quitó el celular y le preguntó a mi padre si ya estaba contento.
--Entonces, dijo a mi padre, a juntar el dinerito y colgó.
Desde varios días anteriores me andaban siguiendo. Me lo dijeron en el día número siete del secuestro momentos antes de que me dejaran en libertad a la orilla de un camino de terracería, pues mi padre ya había pagado el rescate. En vez de cuatro millones, la negociación quedó en dos millones.

Y por supuesto, nunca, jamás, mi padre avisó a la policía. ¿Pa’qué? se ha dicho una y mil veces después del secuestro, si la policía está amafiada con los carteles.

Me levantaron una mañana, al mediodía, cuando regresaba en mi motocicleta al pueblo.
“Estás secuestrado” me dijeron dos tipos, uno de los cuales me hizo una parada en el camino. Y yo, de buena gente que me detuve, pensando en que era un conocido.
Me llevaron en despoblado. A una casita solitaria en medio del campo. Y los sicarios se alternaban. Nunca escuché la voz de una mujer… que cocinara. De seguro compraban la comida y sólo me daban desayuno austero y comida. Nada de cenar.

Había un baño y se tenía ganas un pistolero custodio me atendía. En los siete días nunca me permitieron bañarse. Tampoco me llevaron ropa interior para cambiarme. Menos un jabón para bañarme. Tampoco me lavé la boca. Por fortuna, no tomo medicinas.
Y siempre estuve vendado. Los días como noches y las noches como días.

Mis padres y mis hermanos se pelearon. Cada quien con su punto de vista. Que 4 millones de rescate es mucho dinero, decían. Que de dónde los sacaremos, se preguntaban. Que mejor avisar a la policía, plantearon otros. Hasta que mi padre dio un manotazo. Y dijo que nadie se metiera. Que él solito arreglaría el problema. Y que a nadie se le ocurriera decir nada a los amigos. Y menos, mucho menos, avisar a la policía.

Mi padre siguió negociando con el jefe de los ojos verdes y pestañas quebradas, chaparro, de labios gruesos y panza abultada.

Y su argumento fue siempre el mismo. Que puedo vender mi casa, pero nadie tiene los 4 millones para pagar luego luego. Que tengo un terreno, pero nadie tiene efectivo.
Ellos tenían prisa. Pensaron en un secuestro express. Por aquí cobrar y por aquí desaparecer. Digamos, irse del pueblo.

Los días y las noches fueron pasando y los dos tipos que me golpeaban cambiaron de actitud. Cambiaron, quisiera entender, cuando luego de la madriza les decía que ojalá nunca sus hijos fueran secuestrados. Que en Veracruz nadie está a salvo. Que todos los días hay plagios y ejecuciones y cada vez aparecen más fosas clandestinas. Y que en Veracruz varios carteles pelean la plaza.

Entonces creí que mis palabras surtieron efecto, porque un día, así nomás, dejaron de golpearme. Quizá, claro, el jefe les dijo que le bajaran porque la negociación se iba cerrando. Sabrá Dios.

En aquellos siete días me volví más católico que nunca. Todos los días rezaba un padrenuestro y una avemaría, las únicas oraciones que recuerdo de la infancia y que mi madre me enseñara.

Incluso, ofrecí a Dios que si la libraba iría a misa todos los domingos. Pero también, que me volvería el esposo más fiel del mundo. Y que cuidaría a mis padres como nunca jamás.
Mi libertad costó dos millones de pesos. Todos, prestados a mi padre por un amigo empresario. Además, generoso. Le dijo: “Ahí me los pagas cuando puedas. Yo también tuve un hijo secuestrado”.

Volví a casa, contento, porque muchos jamás regresan. Incluso, hay familiares que pagan el rescate y aun así sus hijos son asesinados.
Hoy es 2 de enero del año que corre. Esta mañana fui al banco. Y en el banco me topé con unos diez guaruras. Unos en la banqueta. Y otros en el interior del edificio. Lo supe momentos después: todos, al servicio del secretario de Seguridad Pública, Jaime Téllez Marié, y su esposa. Luego luego los atendieron. Y se fueron. La señora en una Suburban color plata con unos cinco guaruras, incluida una mujer policía. Y los otros con el secretario, en una Suburban color blanco, estacionada a la puerta del banco.
Y, bueno, la vida es así.

A Marié, por ejemplo, le tiraron unos cadáveres cercenados frente a su oficina de litigante. De seguro está amenazado de muerte. Su chamba, claro, es combatir a los malandros. Miden fuerzas. Yo, como tantos otros, vivo agradecido con mi padre porque supo negociar. Otros, por desgracia, “no viven para contarlo” como reza el dicho”.
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