Los comandos de la muerte en "La Guerra de Los Zetas", los 11 militares masacrados, los 12 policías cazados y la muerte del Alcalde

- 20:52:00


En el otoño de 2008, en un periodo de 10 días, aparecieron 11 integrantes del Ejército asesinados en Monterrey. Uno de ellos fue el soldado de infantería Anastacio Hernández Sánchez, quien adoptó la compostura de cadáver, y fue hallado así al amanecer, desolado y quieto entre piedras blancas y hierba de una brecha del municipio de Santiago. Estaba por cumplir los 20 años el día en que sus asesinos lo degollaron y apuñalaron trece veces, tras interceptarlo cuando paseaba como cualquier civil por las calles de Monterrey, en su día de descanso.

Al cabo Claudio Hernández Román, según la necropsia, le dieron dos cuchillazos más que al soldado Anastacio, compañero de armas en el Batallón número 22. Otro cadáver, el de un guardia de la empresa Hercolus, fue acomodado junto al de los militares.

Ese mismo día también, pero en Loma Larga, uno de tantos cerros de nombre escueto que forman Monterrey, Óscar Jiménez Ruiz fue tirado con seis puñaladas que le destrozaron el estómago y la vida. El cabo nacido en Chiapas no era un decidido guerrero de la cruzada contra el narco decretada por el presidente Felipe Calderón. Era conocido entre la tropa por sus hermosos trabajos de carpintería. Al igual que el soldado Anastacio y el cabo Claudio, el cabo Óscar no llevaba su arma de cargo cuando fue asesinado.

A otro soldado de infantería lo degollaron y recargaron en la pared de la cantina Los Generales, sosteniendo una cerveza con la mano derecha. Se llamaba Gerardo Santiago y tenía dos hijos, uno de ellos ni siquiera cumplía el mes de nacido. Dos más del Batallón 22, Juan José Pérez Bautista y David Pérez Aquino, fueron aventados en un parque a las faldas del Cerro de la Silla, acuchillados de pies a cabeza. Al sargento Germán Cruz Lara no le pincharon nada pero lo mataron a golpes, y a Eligio Hernández López, militar retirado de las Fuerzas Especiales, lo esposaron y arrastraron amarrado a un automóvil antes de ponerlo en una avenida principal para que la ambulancia de la Cruz Roja lo recogiera y se lo llevara directo a la morgue.

La matanza inició el miércoles 15 de octubre de 2008. Edder Missael Díaz García y Roberto Hernández Santiago tenían una semana de haber acabado su curso de adiestramiento en la Cuarta Región Militar. Estaban contentos, así que dejaron el cuartel y fueron junto con otro soldado de nombre David Hernández, al centro de Monterrey para visitar los centros nocturnos de Villagrán, una calle de voces borrachas alrededor de la cual se formó una zona roja. Entraron al table dance Matehuala, pero salieron pronto tras notar que un hombre, radioteléfono en mano, no dejaba de mirarlos ni un instante. Caminaron un par de calles y volvieron a verlo. Sospecharon que se trataba de un halcón, como se les dice a los espías que usa el narco mexicano para vigilar movimientos enemigos. Los militares encararon al halcón. Al momento fueron rodeados por otros ojos y miradas que parecían salidas de una película del Viejo Oeste, hasta que llegó una patrulla con policías locales, quienes subieron al espía del narco al vehículo diciendo que se harían cargo de la situación. Los tres soldados, vestidos con pantalones de mezclilla y camisas de cuadros, se fueron al Givenchys. De ahí ya no salieron vivos. La mañana siguiente, dos de ellos fueron recogidos en el estacionamiento del table dance, acuchillados. El cadáver del otro soldado fue bajado de la pista de baile del centro nocturno, donde sus cazadores lo acomodaron con el cuello rajado y la espalda recargada en el tubo que las bailarinas usan para sus acrobacias delante de los parroquianos.

La mayoría de los militares asesinados en este periodo eran de San Luis Potosí. Sólo uno nació en Nuevo León. En promedio, ganaban entre cinco y ocho mil pesos al mes. A sus deudos, el Ejército les entregó 180 mil pesos. El presidente Felipe Calderón los nombró “héroes” y en las instalaciones militares de buena parte del país se pusieron carteles con las fotografías de los 11 muertos, debajo de la leyenda: “Murieron por México”.

Desde un principio, el Ejército no tuvo duda de que detrás de los crímenes estaban Los Zetas, la banda más perseguida por las fuerzas armadas, acaso porque su núcleo principal está conformado por desertores de la institución castrense.

Meses después, dos integrantes de Los Zetas: Sigifredo Nájera Talamantes, El Canicón y Octavio Almanza Morales, El Gori 4, fueron detenidos y acusados de ser los responsables de la muerte de los 11 soldados. Lo que sorprendió fue que el secretario de Seguridad Pública Estatal, Aldo Fasci, diera a conocer que ellos no estaban solos, sino que habían sido ayudados por policías locales, algo de lo que en la Secretaría de la Defensa Nacional también estaban seguros.

Cuando amainó la temporada de asesinatos de soldados, un militar de alto rango nos contó a un pequeño grupo de periodistas, fuera de grabadoras, la desgarradora cacería emprendida contra sus compañeros. Al concluir el relato dijo, con las venas del cuello brotándole: “Parece que para combatir a estos tipos hay que usar su mismo veneno”.
Santiago, donde aparecieron la mayoría de los soldados asesinados, es un pueblo de las afueras del sur de Monterrey que tiene una serranía verde cruzada por ríos cristalinos. Hay fincas inmensas y cabañas rústicas entre cascadas de agua fría e hileras de pinos que rodean un casco urbano con construcciones antiguas. Algunos de los visitantes que van al sitio los fines de semana lo llaman medio en serio, medio en broma: “la Suiza del desierto”. Cuarenta años atrás, sus características naturales atrajeron a sembradores de mariguana y adormidera, quienes desarrollaron pequeñas zonas de cultivo que compitieron con las de Sinaloa, Guerrero y Chihuahua, pero que hoy han desaparecido. En 2006, la Secretaría de Turismo designó a Santiago como uno de los 23 “pueblos mágicos” del país. Millonarios como Alfonso Romo han querido emprender negocios agroindustriales en la zona, en cambio, empresarios como el fallecido líder del cártel de Juárez, Amado Carrillo, se conformaban con pasar el verano ahí, disfrutando el peculiar transcurso del tiempo provinciano.

Los habitantes de Santiago podrían caber en un estadio promedio de futbol de la primera división. Son sólo 40 mil personas, aunque a diferencia de las demás poblaciones de la región, los habitantes de Santiago aumentan en cada censo. En el resto de Nuevo León, la vida rural languidece desde hace dos décadas: 40 de los 51 municipios del estado prácticamente fueron abandonados y los fantasmas se han ido adueñando de ellos. En 2000, el capo que creó a Los Zetas, Osiel Cárdenas Guillén, aprovechó esta soledad y acondicionó en el municipio de China un enorme rancho de adiestramiento al que instructores kaibiles venían desde Guatemala a dar dos cursos anuales para los nuevos soldados de la banda. Otros ranchos de Nuevo León, antes orgullosos centros de producción de la mejor carne del país, acabaron como centros de retención y tortura de migrantes centroamericanos, o de adversarios de las otras bandas que operan en el noreste del país, desplazándose por brechas y fuertemente armados, como en la época de la Revolución, pero en lugar de moverse en caballos, ahora lo hacen en camionetas pick-up.

Poco después de octubre de 2008, en el que aparecieron los cadáveres de los soldados como si fueran cualquier cosa, las operaciones del Ejército se expandieron a Santiago. Los pobladores debieron hacer alto en los retenes improvisados en caminos sinuosos, y se resignaron a mirar con normalidad los camiones de asalto verdeolivo estacionados en los senderos. Pero ningún grupo civil protestó. Quienes lo hicieron fueron los policías locales. A las dos de la tarde del 13 de noviembre de 2008, una veintena de uniformados aparecieron en el patio de la corporación con cartulinas que cuestionaban la presencia de los soldados en el municipio. El policía Sergio Pérez Beltrán encabezaba la manifestación. Decía que los militares lo habían bajado de su patrulla y golpeado, sólo por ser policía. “El Ejército anda —dijo— como en guerra contra nosotros, no nos quiere dejar hacer lo nuestro”.

En medio de la atmósfera de guerra que apareció en Santiago, Edelmiro Cavazos Leal se alistaba para ser el candidato del Partido Acción Nacional (PAN) a la alcaldía. Era un joven del pueblo nacido el 11 de noviembre de 1971. Estaba casado con Verónica de Jesús Valdés, con quien había procreado a Edelmiro, Eugenio y Regina, unos pequeñitos rubios y ojiverdes como su padre, que cada domingo iban a la Iglesia de Santiago Apóstol para cantar en el coro de la misa de las 10 mañana. 

Edelmiro parecía más vaquero que político. De hecho, la única actividad “política” que había hecho en su vida era la de administrar Las Palmas, una muy conocida pista de campo traviesa en la que se rentan motos para los paseantes. A partir de ahí, Edelmiro fue conocido entre la gente como El güero Edy. Luego estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Nuevo León y al acabar se dedicó al negocio de bienes raíces, tal como lo hacía su padre Arturo Cavazos Montalvo desde tiempo atrás, cuando llegó el auge inmobiliario a Santiago y la gente de Monterrey se aparecía con dinero en busca de su pedacito de paraíso. La familia de Edelmiro tenía varias generaciones de vivir ahí y conocía el territorio a la perfección, por lo que al igual que otros lugareños, dejaron la agricultura y se pusieron a comerciar esa tierra que repentinamente se había convertido en oro.



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