Don Alejo era un viejo de 77 años pero con mucho "producto de gallina", el gobierno le dio la espalda y decidió, enfrentarse a 30 Zetas manto a 4 y los demás huyeron el defendió su rancho

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"Es mejor que te arregles con ellos" fue la respuesta que dejò frìo a Alejo Garza Tamez, un reconocido ganadero y empresario maderero de Nuevo León después de exponer ante las autoridades la advertencia que le dio un grupo armado en una de sus propiedades a las afueras de Ciudad Victoria, Tamaulipas: tenìa que dejarles el rancho "San José" en un lapso de 24 horas y si no, pagaría las consecuencias. 

Desde muchacho, Alejo fue muy bien dotado en el deporte de la cacería; solía atrapar venados, gansos y palomas como hobby, lo cual al paso del tiempo, agudizò su puntería. Originario del pueblo de Allende, en el estado de Nuevo León y nacido en el año de 1933, fue hijo del propietario de un aserradero que en años posteriores llegò a tener sucursales en Montemorelos y Monterrey. 

Cuando obtuvo gran poder económico, Alejo adquirió el rancho "San José" y, junto a su hermano, echaron a andar los engranajes productivos de la propiedad, diversificando las actividades a las cuales estaba acostumbrado él y su familia, como ejemplo, la ganadería y la agricultura.
 
El sábado 13 de noviembre de 2010, un grupo de camionetas entraron si permiso alguno al rancho de Don Alejo, para ese entonces su éxito empresarial ya era reconocido. Hombres armados bajaron de los vehículos preguntado por el propietario, Garza Tamez se presentó. "Queremos tu rancho " dijo el que aparentemente era el jefe del grupo. "Tienes 24 horas para irte, porque para mañana esto va a ser nuestro". Don Alejo solamente esbozó: "Mañana los espero". 

El ranchero sabia muy bien que no era un grupo cualquiera el que le quería intimidar. El Cartel de Los Zetas ya era muy famoso en el estado de Tamaulipas, más que nada por su atroces actividades delictivas como el contrabando de drogas, el robo, el secuestro, el sicariato, el trafico humano, el cobro de piso a comerciantes, no importando su estatus social (desde el lavacarros hasta el dueño de una gran compañía), nadie escapaba de sus garras. La organización criminal liderada en ese entonces por Miguel Ángel Treviño Morales El Z-40 quería exprimir hasta el cansancio toda forma de negocio delictivo que les generara ganancias en la regiòn. 

A sus 77 años, Don Alejo tenía presente la inutilidad de poner confianza en las acciones del gobierno local y estatal para tratar este tipo de lacra, pero aun así quiso irse por la forma ortodoxa.

El "Es mejor que te arregles con ellos" fue lo que hizo entender al granjero de Allende la pèrdida de tiempo que era notificar al gobierno de Ciudad Victoria del ultimátum de Los Zetas. 

El alba del domingo 14 de noviembre apenas nacía. El olor del rocío se mezclaba con un penetrante olor a pólvora. El rancho "San José" había sido el escenario de una batalla épica entre hombres fuertemente armados. Un pelotón de marinos contestaba las notificaciones ciudadanas de un enfrentamiento a 15 kilómetros de la capital de Tamaulipas. Para los elementos castrenses, no era de sorprenderse los tiroteos en los feudos del que fuera el brazo armado del Cartel del Golfo, en especial por los sucesos acontecidos en octubre de 2010 en Progreso, Coahuila por el abatimiento de Heriberto Lazcano Lazcano El Verdugo, jefe del grupo narcoparamilitar.

Horas antes de que el Sol calentara paulatinamente el suelo manchado con sangre en "San José", Don Alejo decidió quedarse a como de lugar en su rancho querido. Después de enviar a todos sus trabajadores a casa temprano, afinó los detalles para su defensa; en cada una de las ventanas de la casa principal, colocó sus preciados rifles de cacería, pistolas y escopetas con sus respectivas municiones. 

Para la madrugada del primer día de la semana, Don Alejo oyó los estruendosos motores de las camionetas, cada vez mas cerca, hasta que hubo un silencio total. Una ráfaga de balas surcaron los cielos anunciando la llegada de los mercenarios. Ellos, en su propia mentalidad, creyeron que los habitantes de la casa saldrían asustados y pidiendo clemencia, pero nada de eso ocurrió. Una detonación tumbó al piso a uno de los integrantes del convoy, los demás se dieron cuenta de que había sujetos disparando desde adentro de la casa principal del rancho. En una estrategia totalmente improvisada, los hampones se cubrieron tras la camionetas pero las balas lograron impactar a los vehículos. Casquillos siendo expulsados con gran rapidez de los rifles de asalto empezaron a caer al suelo cubierto con paja del rancho, dos pistoleros cayeron heridos durante la balacera y cuatro murieron en el enfrentamiento. Los 24 zetas sobrevivientes que intentaban adueñarse de la propiedad no tuviera de otra que arrojar granadas de fragmentación a los supuestos agresores. 

Al termino de las violentas explosiones, el sonido del silencio volvió a imperar en la entrada de la propiedad. Por primera vez en toda la operación, el sentido común en el grupo de gatilleros se manifestó cuando decidieron huir y dejar de una buena vez la propiedad, ya que corrían el peligro de ser emboscados por las fuerzas del orden en la culminación de los ensordecedores cantares de sus rifles de alto poder. 


En el aftermath del tiroteo en el rancho, los marinos incursionaron dentro de la casa. La fachada había quedado literalmente como una coladera, se observaban los casquillos percutidos de armas comúnmente utilizados en la caza y en uno de los cuartos yacía un cadáver inmolado por las balas y las explosiones producto de granadas. Era Don Alejo. Lo que realmente sorprendió y conmovió a la nación entera fue la valentía del ranchero al enfrentarse èl solo a un grupo de aproximadamente 30 hombres y que estos, huyeron incumpliendo con su objetivo principal: el arrebato de algo que no les pertenecía. La historia y corridos dedicados a la proeza del empresario ganadero el 14 de noviembre han inmortalizado su memoria, convirtiéndolo en un símbolo del vacío de un estado de ley en Tamaulipas y toda región donde el narco manda.

Alejo Garza Tamez se convirtió en leyenda, no solo por ser el sujeto que defendió su rancho, sino como el hombre que defendió su dignidad.
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