– Señor, no golpee la palanca. Cada vez que la toca la nave cabecea y podemos irnos en picada –le pidió "Tinieblo" el piloto a ‘El Mayo’ ;– ¡Yo hago lo que se me dé la chingadera madre, chingón hijo de la chingada!

- 23:30:00


Durante los primeros 10 minutos de vuelo nadie habló, hasta cuando ‘EL Mayo’, que llevaba un chaleco antibalas más grande que el de ‘El Chapo’ y el “cuernoechivo” apretado contra el pecho, comenzó a golpear la palanca principal de vuelo, “el cíclico”, con la cacha del fusil.

En el puesto del copiloto hay una palanca de esas. Es duplicado activo de la que el piloto maniobra entre sus piernas durante el vuelo. Al manipular cualquiera de las dos, se mueven ambas.

– Señor, no golpee la palanca. Cada vez que la toca la nave cabecea y podemos irnos al suelo en picada –le pidió el piloto a ‘El Mayo’, que era unos años mayor que ‘El Chapo’.

– ¡Yo hago lo que se me dé la chingadera madre, chingón hijo de la chingada!

– Me excusa, pero cada vez que le pega a la palanca con la cacha del “cuernoechiovo” nos pone en peligro de muerte a todos, incluido usted.

– ¡Órale, chaparro chingón, este aparato también es mío y hago con él lo que me dé la gana! –contestó ‘El Mayo’, que llevaba sombrero alón de paño y botas de avestruz.

– Es un favor que le pido por el bien de todos –insistió el piloto y el capo aceptó recoger el fusil y llevarlo así hasta el destino final, donde se apeó sin despedirse.

Mientras el Bell Ranger volvía a tomar altura, ‘El Chapo’ ordenó: “Vamos a ‘Tuyasabes’, ‘Tinieblo’”.

– ¿Sabes una cosa, ‘Tinieblo’?

– Dígame…

– Mis colegas de Medellín son unos avezados. A mí me hace falta tener unos chingones como los que tuvieron Rodríguez Gacha o Pablo Escobar: que hagan valer a su jefe. Eran chingones muy bravos, como Leonidas Vargas, ¿lo oíste nombrar?, que era un carnicero de a de veras. Por eso me gusta la gente de allá, ‘Tinieblo’. Allá se respeta por que se respeta a los jefes, güey –decía el capo, iracundo, por la reunión en la que pensó que iba a matarse con ‘El Mayo’.

– ¿Cuántas veces ha ido a Colombia, “tío”? Yo también he volado por allá y por Perú. Por casi toda Suramérica.

‘El Chapo’ hablaba con entusiasmo sobre las oportunidades en que departió con Pablo Escobar, su ídolo, y lamentaba la manera como había muerto.
– Muchas. Comencé a ir en mis lear jet. Aterrizaba en Turbo; en el aeropuerto “Los Cedros”, de Apartadó; en “Las Brujas”, de Corozal… Yo me bajaba en las cabeceras de las pistas para subirme a coches Hummer blindados, en los que me llevaban a ranchos de Salvatore Mancuso, un italiano, y de otros. Cuando iba a Medellín me quedaba en Montecasino, de Vicente Castaño y de Carlos, el menor, un chingón bastante loco, amigo mío. También me alojaba en el Hotel Las Lomas, de los hermanos Ochoa, unos cuates socios de Pablo Escobar. Cualquier día volamos a Colombia y ya verás que traemos unas “morras” de allá, que son cariñosas: le dicen a uno “papito” –contaba ‘El Chapo’. Eran las retahílas características que soltaba después de las oportunidades en que lo alteraban otros capos, como lo hizo esa tarde ‘El Mayo’·

Colombia era su paradigma.

Muchas veces le recitó al piloto con nostalgia que, por culpa “del pinche ‘El Mayo’”, había perdido un avión Boeing 707 que cayó en poder de la DEA en el aeropuerto de Bogotá. Había llegado cargado de dinero y debía regresar con varias toneladas de cocaína pero terminó sus días pudriéndose en la zona militar conocida como CATAM (Comando Aéreo de Transporte Militar) hasta cuando fue despresado y vendido por pedazos a tribus de gitanos que lo fundieron para convertirlo en ollas, cacerolas y calderos artesanales que vendían en los barrios pobres.

“Muchos pilotos colombianos conocían el origen de ese avión y contaban que lo vieron acabarse a la intemperie durante muchos años”, contó ‘Tinieblo’.

‘El Chapo’ hablaba con entusiasmo sobre las oportunidades en que departió con Pablo Escobar, su ídolo, y lamentaba la manera como había muerto. Tenía en la memoria que mucha de la cocaína que le llegaba provenía de un lugar llamado Barrancominas, Colombia, por lo que, según decía, le estaba agradecido a las FARC por dejarla producir.

Sabía que en la hacienda Los Pájaros, de Pablo Escobar, “cerca al pueblo de Caucasia”, precisaba, se empacaban los principales cargamentos de cocaína que le llegaban a México. En ese lugar, provisto de una pista aérea legal, los embarques eran alistados por Gildardo Peláez, alias ‘La Yuca’ y un capitán de la policía colombiana de apellido Castañeda.

La mayor parte de los embarques llegaban con la droga en paquetes de un kilo cada uno. Por lo general, iban marcados con la cara de un indígena pielroja, un escorpión y una estrella de David. Cada símbolo indicaba de qué proveedor procedía la droga.

Aterrizaron en “Tuyasabes” ya entrada la noche, guiándose solamente con las lámparas exteriores del helicóptero.

La mayor parte de los embarques llegaban con la droga en paquetes de un kilo cada uno. Por lo general, iban marcados con la cara de un indígena pielroja, un escorpión y una estrella de David.
‘El Chapo’ salió de un salto y ordenó: “¡Díganle a Chabela que venga!”. Era la cocinera del lugar, de unos 20 años, tosca y guapa.

Una “morra” que debía estar allí esa noche, proveniente de Acapulco, se quedó esperándolo en Navolato. No pudo recogerla por culpa de la larga reunión que esa tarde debió sostener con ‘El Mayo’.

Se encerró con Chabela en la habitación y, como siempre, al pie de su puerta se instalaron a pasar la noche despiertos dos de sus fusileros con sendos perros guardianes.

Era excepcional que ‘El Chapo’ pasara una noche sin una mujer y con la que menos estaba era su propia esposa. A todas les aseguraba que eran la única.

“En cada uno de los huecos donde se escondía el ‘El Chapo’ yo tenía tres mudas de ropa, útiles de aseo y escondites en los que guardaba el dinero en efectivo de mis sueldos”, contó el piloto.

Al día siguiente, ‘El Chapo’ desayunó a las 10 de la mañana y luego pidió que ‘Tinieblo’ fuera a hablar con él en la “palapa”.

– Órale, güey, te tengo un regalo de museo, repadre, una de las joyas que más aprecio –estaba eufórico esa mañana y sacó una cartera de cuero.

–Muchas gracias, “tío”, ¿qué es?

–Debes saber una cosa –advirtió y le entregó la cartera.

‘Tinieblo’ la abrió: era una pistola nazi Luger de cañón extralargo. Impecable a pesar de tener 60 años. Estaba acompañada de dos proveedores y 100 proyectiles calibre 9 milímetros.


– Debes saber que me desprendo de esta joya de museo. Es para ti, mi cuate.

El piloto se incorporó para agradecerle al ‘El Chapo’ con un abrazo.

– Y ahora, ¿qué me dices de lo que te platiqué para sacar a Arturito del penal?

– “Tío”, sinceramente, lo veo muy difícil, pero sigamos viendo la posibilidad.

– ‘Tinieblo’, si me sacas a Arturito te regalo la máquina, ese mismo día es toda tuya y, además, te llevas un millón de “piel de sapo” (dólares). Piensa nomás en mi madrecita que sufre –imploró.

Nunca sacaron a Arturo del penal, donde fue asesinado tiempo después, a pesar de que ‘El Chapo’ no dejó de insistir, sin forzar al piloto.

Una tarde, en la que caía un diluvio desde la noche anterior y resultaba imposible alzar vuelo, el piloto optó por pedirle a ‘El Chapo’ una historia que le tenía prometida de tiempo atrás.

– “Tío”, usted una vez me contó que mataron a un cardenal creyendo que era usted.

– Sí, ‘Tinieblo’. Fue en 1993. En mayo, mes de la Virgen. Se llamaba Juan José Posadas Ocampo, un monseñor, alma bendita. Era el arzobispo de Guadalajara que iba para el aeropuerto a recoger al Nuncio Apostólico para dar una misa en el día de Cristóbal de Magallanes y sus compañeros mártires que habían pasado a ser santos.

–¿Usted iba con el cardenal?

– No, ‘Tinieblo’, a mi me querían matar unos chingados de Jalisco y creyeron que yo había llegado al aeropuerto disfrazado de cardenal. Me estaban esperando y cuando monseñor Posadas se bajó de su coche le metieron todos los tiros que pudieron.

– Usted se salvó de puro milagro, “tío”.

– Sí. Pero se armó tanto escándalo que eso me perjudicó. La Procuraduría dijo que las balas eran para mí, el pinche presidente Salinas de Gortari no dejó que le hicieran autopsia al monseñor y eso empeoró las cosas. El papa, Juan Pablo II, se metió en esa chingadera y en todos los periódicos me nombraban a mí, ‘Tinieblo’.

Cuando amainó la lluvia, volaron a La Tuna pueblito de Badiraguato (Sinaloa), donde ‘El Chapo’ nació el 25 de diciembre de 1954. Iba a visitar a su mamá y el pueblo entero, de 5,000 habitantes, se enteró. Debieron aterrizar en medio del tumulto. Muchos nunca lo habían visto en persona y en un estallido de histeria colectiva se lanzaron a tocarlo, lo alzaron en hombros y solamente faltaron unos pocos centímetros para que las aspas en movimiento del helicóptero lo hubieran decapitado.

‘El Chapo’ regalaba casas y prestaba sus helicópteros para llevar enfermos a los hospitales. Muy pocos se enteraban de sus grandes maldades.

“Yo me daba cuenta de que algo muy malo habían hecho los fusileros de ‘El Chapo’ cuando aparecían en determinados lugares, embarrados, exhaustos y con salpicaduras de sangre en las ropas”, contó el piloto.

Frecuentemente, el capo pasaba noches en vela oyendo, una y otra vez, los últimos corridos que le dedicaban y se los aprendía de memoria. Tenía claras ambiciones primitivas de grandeza.

Nunca olvidó el lema de Pablo Escobar, su ídolo, que también era el de todos los narcos mexicanos. De vez en cuando lo recitaba, principalmente cuando estaba nervioso: "Prefiero una tumba en Colombia que una celda en los Estados Unidos".
“Puedo decir que tuve gran empatía con él, a pesar de que durante los años que trabajé a su lado nunca me permitió viajar a visitar a mi familia”, sostiene ‘Tinieblo’, quien, finalmente, logró salir con vida.

“Algún día podré hablar con más detalles y dar la cara. No lo hago ahora por precaución, pues al piloto que trabajó para ‘El Chapo’ antes que yo siempre sospeché que lo había asesinado. No tiene escrúpulos y por eso estos días he estado pensado que si ahora, que está preso, le proponen algo como delatar a ‘El Mayo’ Zambada a cambio de algún beneficio, lo hará y lo volveremos a ver libre”, preciso el piloto.

Nunca olvidó el lema de Pablo Escobar, su ídolo, que también era el de todos los narcos mexicanos. De vez en cuando lo recitaba, principalmente, cuando estaba nervioso y con él rompía largos silencios de reflexión:

– "Prefiero una tumba en Colombia que una celda en los Estados Unidos", ese cuate murió en su ley –pensaba.
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